lunes, 7 de octubre de 2013

El sirviente elegante de la usurera

Por Fabiolla C.


Me pregunto por qué pavo real. Es un animal “heroico”? o es más bien el error de la naturaleza, ese ser híbrido que se adapta a cualquier clima y contexto que lo rodea, y que por ser hermoso, encandila? Me lo pregunto, pues no comprendo si el pavo real es Pavlin, Liuba, o ambos. Un pavo… quien se pavonea, quien se jacta de ser algo o alguien: Pavlin por un lado, se siente orgulloso de siempre haber sido correcto; y Liuba cree que por haber nacido en una familia tiene derecho a ascender y a tener aspiraciones que están sobre su crianza.
El sirviente con talante elegante, el sirviente de Anna Lvovna, una mujer déspota y calculadora, el mayordomo que junto a su séquito de sirvientes, en pleno invierno ruso, sacaban las ventanas de los apartamentos cuando los arrendatarios no pagaban a tiempo, me recuerda a un tipo de torturador, un hombre frío y cruel, que hace lo que le mandan de manera mecánica, dejando sus sentimientos de lado para poder dar paso a <la orden>, a la norma.
Cuando la familia de Liuba muere, y la niña se queda huérfana, Pavlin siente que puede hacer algo bueno por otro, quizá enmendar sus actos subordinados poco compasivos, quizá hacer algo por sí mismo, sentirse bueno, bueno como cuando ayudó a su familia y dejó en el aire la oportunidad de crear su propio nicho. Sin importar cuál de todas las anteriores, o bien, todas juntas, Pavlin quiso tener algo, algo propio, algo que nadie pudiese arrebatarle, y qué mejor que una niña huérfana, indefensa, dejada a la suerte, igual que se encontraba él. Pero tomó la decisión más terrible de todas, pues no pensó realmente en la niña, sino en él; y sería su jefa, a quien le había tenido lealtad todos estos años de trabajo, una mujer usurera y por ende, frívola, quien lo llevaría al borde del abismo.
Me llama la atención el cambio funesto que tiene Pavlin, pasar de ser un hombre que atiende las normas, las leyes, a ser un pelafustán que no reconoce más que un enamoramiento ciego. Y llama mi atención no porque no entienda que el pobre hombre no tuvo nada antes que Liuba, o por lo menos algo con ese amor; sino más bien, porque incluso teniendo ese amor, actuó de forma pusilánime, no podía hacer nada más que lo que la niña quería, la cual podía estarle siendo infiel en su cara, o bien, estar pasando por un peligro, daba lo mismo, Pavlin, sólo consentiría lo que ella quisiese, hasta el final. Lo peor de esto, es que creyó estar viviendo la mejor de las vidas, después de casarse, creyó fervientemente en que él era el mejor partido, estaba orgulloso de ser correcto como era, y creía que era eso precisamente lo que lo había llevado a tener una mujer hermosa como Liuba, un pavo real.

Pavlin es un hombre que renunció a su vida, y que de manera sorpresiva, gracias a una criada pequeño burguesa pusilánime – Liuba -, la obtuvo de vuelta, por lo que no podría más que tener un destino trágico. 

Poseer la voluntad, Cerrar el destino.

Por Víctor S.

Valaam, el lugar de los espíritus confinados a rezar por el mundo, y a la vez, cargar con las historias de ese mundo el cual Leskov abre al lector por medio de la boca de uno de los confinados. La apertura desde lo minúsculo de una isla al corazón mismo de un hombre ruso, el inquietante Pavlin, hombre de la servidumbre a “caballero del espíritu”. Sin embargo, referirse solo a esas categorías es esconder el proceso por el cual nuestro protagonista pasa, y es este el objetivo principal del relator de la historia, que se inmiscuye en cada detalle de la vida de Pavlin, como casi un omnisciente relator; un creador.
Hombre intachable e inconmovible en el deber, que llega a provocar disgusto como admiración en su papel de sirviente en la residencia de Anna Lvovna, Pavlin que solo se remite a la justo, haciendo caso omiso a los efectos sobre los otros de sus actos que parecen obedecer a lo Superior, a la voluntad invisible del Deber que no media entre el frio invierno ruso y el arrancar las ventanas a aquellos que no cumplieran con la renta “Pavlin permanecía de piedra; seguía su curso como un planeta intruso trazando su propia revolución en medio de astros censados, y él no dejaba ni ira ni piedad”, que al final del día lo llevarían a encontrarse con su propio destino: una huérfana Liuba, que por medio de intrigas y ambiciones terminará por ser su esposa.
Pavlin es el servidor eterno, lo lleva en inscrito, irrestricto pero a la vez complaciente, con Liuba, a la cual dedica su tiempo y esfuerzos con esmero tanto cuando era su “hija” como cuando paso a hacer su “mujer”. En ese tránsito, jamás deja de servir a lo justo ciegamente, ya encarnada en la imagen de devoción que Liuba –“sentimental, ambiciosa y fútil”-, que no guarda atención en aquello y se detiene en los encantos de la buena vida que veía constantemente al servir en casa de Anna Lvovna, que la llevarán a conocer el trágico destino que ya se veía en el rostro de sus difuntos, como lo vio tía Olga desde un comienzo.
La “recompensa” de la devoción de nuestro protagonista, su mayor felicidad, será casarse con la joven Liuba, que el relator sabe de antemano que sólo lo llevará a la desdicha, cosa que terminará por confirmarse por medio del adulterio de ella con Dodia, noticia que Pavlin asumirá con dolor pero sin dejar de mantener su conducta ya conocida, viendo en ello más que un deshonor un castigo divino “¿La acusaré yo, a ésa frágil vasija de barro, cuando yo la codicié, a ella y su juventud, con el mismo pecado?... El Señor tiene razón al castigarme”.

Al final de cuentas, el raro escenario de un inicio termina siendo el fin. El círculo de la redención se cierra, la historia encuentra a sí misma inscrita en un espacio del que pareciera que nunca salió. Las desdichas de Liuba, viuda dos veces, una falsa y otra verdadera, la arrojaran a las manos nuevamente de un Pavlin fantasmal y devoto, que no quitó jamás la mirada de su amada, de su deber asumido desde que la tomó huérfana, para luego llevarla a ser reverenda de un monasterio. Mientras él, alejado, siguió el mismo camino ya que siempre, a pesar de su temple servil, fue “dueño de su voluntad”, como nos dice casi al final el relator, que cierra su historia dejando abierto el destino de Pavlin, un misterio que no sale de la Valaam y de aquellos, que intrigados, escucharon la historia de un narrador que del que no sabremos jamás porque terminó allí.

Pavli, el "esclavo culpable", la narración como acto de fe

Por Gonzalo G.


El narrador es la figura en la que el justo se encuentra consigo mismo
“El narrador”, Walter Benjamin

La nouvelle El pavo real de Nikolái Leskov, <<en cierta manera>>, fiel a las formas de la prosa burguesa, se constituye como un arruinado breviario de las iniquidades y mezquindades de la Rusia finisecular. En ella, determinadas figuras y hechos aparecen, incertidumbres y sombras signadas por la experiencia extrema de su tiempo. Un pequeño incidente, el no-pago del alquiler del piso obliga al mayordomo (como la costumbre dicta), nuestro héroe, Pavlin, a retirar las ventanas de los apartamentos de los inquilinos más pobres, ora su cortejo matutino se transforma en monstruosa señal de intemperie.

No nos reíamos, en modo alguno, de la desdicha de aquellas gentes transidas de frío, sino del procedimiento que traspolaba al corazón de una gran ciudad una escena de albergue perdido en las estepas. Aquel Pavlin, abigarrado e importante, con su fisionomía y pose goetheanas, aquellos obreros y sus instrumentos, que hacían pensar en la Crucifixión de Jesús del pintor Steuben, el levantamiento y reposición de las ventanas, la indiferencia general ante aquel arbitrario poder, todo aquello tenía, en efecto, algo de tragicómico.

Las palabras del narrador empiezan ya a presentir otro asunto, y ciertas reacciones intempestivas parecen señalarnos que algo ha afectado profundamente las estructuras de lo social, mas casi nadie se detiene a examinar o ensayar lo que, en verdad, anuncian las miserias del presente. El modelo tragicómico de la Historia, la de una catástrofe degradada, vale decir, su caricaturesca reaparición, despunta críticamente en la estricta observancia por parte de la joven Liuba de las quiméricas leyes de la burguesía (representada por la cruel y calculadora generala Anna Lvovna): “Ayúdeme –balbucía-, la obedeceré en todo”. Aquellas leyes pertenecen al enorme reino de lo indiferenciado, la pequeñez de una nueva clase (la pequeña burguesía) que no sobrepasa sus propios límites o actividades: “(Liuba) se lamentaba amargamente por tener que ir a aquel lugar donde las gentes incultas y groseras, no podían apreciar la excelencia de sus orígenes, pero eran capaces en cambio de vengarse de ella por esa cualidad”. El interés es consumado en el frívolo y ruin mundo de los salones, donde la quimera de lo social deviene absoluta nimiedad, de ahí que el ampuloso vestido de Liuba sea “completamente distinto: alas fundidas y deshechas, vestido desgarrado, tea quemada…”.
Sin embargo, la extinción de las formas (históricas) en el contexto de lo insignificante, su naturaleza inmóvil e inerte sufre caras modificaciones por la viva incidencia de la experiencia, lo que entendemos como la irrestricta aplicación o práctica de la norma (la moral) en la figura de Pavlin es, en realidad, las pruebas y consejos de una sabiduría elemental presentes en sus sentidas epístolas.

(…) habiéndolo soportado todo, habiendo pasado por todos los sufrimientos y tentaciones, su autor habla como si pudiese ayudar ahora a aquellos que son tentados. Lo más frecuente es que no le hable de cosas cotidianas, sino que le dé consejos; la anima a ser paciente (a Liuba), razonable, buena, absolutamente fiel y devota al marido que ha elegido (Dodia).


Cierto índice salvífico se encuentra en la posibilidad de contar, comunicar las verdades más sencillas. Vidas extraordinarias, lecciones de humillados y ofendidos como la historia de nuestro héroe, Pavlin, siervo que libera a sus prójimos y a su propia alma. El justo, fondo de la narración, permite la proverbial sobrevivencia de la vida, el cumplimiento de cierta dignidad, de cierta épica a contrapelo del consumo moderno-burgués.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Migajas del presente, la cuenta de Chichikov

Por Gonzalo G.

Madre, yo al oro me humillo,/ él es mi amante y mi amado,/ pues de puro enamorado/ anda continuo amarillo./ Que pues doblón o sencillo/ hace todo cuanto quiero,/ poderoso caballero es Don Dinero
“Poderoso caballero es don Dinero”, Francisco de Quevedo

Es el siglo XIX examinado por las formas de la prosa burguesa, en cuanto ellas permiten auscultar cada objeto, gesto o sentimiento de la “realidad” de la vida ordinaria. Perspicacia que tiene como efectos claramente ideológicos, el develamiento de sus mitos, supersticiones y prejuicios. Denuncia crítica que se expresa estructuralmente en la novela Las almas muertas de Gógol, donde el <<arte de observar>> se cumple como un registro paródico de las formas o modos sociales, instigando una furibunda casuística de clase que se define por su subsunción a “una mercancía tan rara, una cosa nunca vista”.
En una oscura conversación entre el antihéroe de la novela, el canalla Chichikov, y Sobakievich, un avaro terrateniente, a raíz de la venta de almas (como piadosamente se les llamaba a los siervos); se pretende demostrar el modo general de entendimiento de las cosas y el mundo, cuyo trasfondo son las desbocadas quimeras o fantasías de lo social:

-Permítame- dijo Chichikov (…) ¿Para qué menciona usted todas sus cualidades? Ahora no pueden reportar ninguna utilidad, son muertos. <<Un cuerpo muerto sólo puede estar apoyado en la pared>>, dice el proverbio.
-Claro que son muertos- dijo Sobakievich (…) Pero ¿qué son los que están vivos? ¿Qué gente es ésa? Son moscas y no personas.
-Pero existen, y esos suyos son una quimera.

Sin duda, la irrisoria empresa financiera de Chichikov, no esconde altos ideales ni siquiera los más elementales apetitos, sino sencillamente “el afán de adquirir riquezas” (la inmensa acumulación) que se traduce en la inconformidad respecto a aquello que se desea. Todo parece cubrirse de harapos, cenizas y estiércol, concierto de amos y esclavos que resulta de la prestidigitación del <<valor>>; y encuentra su figura, grotesca e inquietante figura en el comprador o especulador. Chichikov encarna de este modo, una forma de vida que es moneda de cambio de los equívocos y pequeñeces de la sociedad burguesa.


Se trata de que ha llegado el momento de salvar a nuestra patria; nuestra patria perece no por la invasión de los veinte idiomas extranjeros, sino por nosotros mismos. Aparte del Gobierno legal se ha formado otro mucho más fuerte que cualquier Gobierno legal. Han establecido sus condiciones, todo está valorado y hasta es del dominio público el precio.

“Bendito el que sabe elegir la pasión más bella” y servir a su patria

Por Fabiolla C.

¿Qué es el alma? Dependiendo de la veta filosófica y/o religiosa (Occidente y Oriente), el alma puede interpretarse tanto como el “ser” esencial de los seres vivientes, o bien, lo que le da sentido a la movilidad natural de un ser vivo. En ambos casos, el alma es algo inmaterial, sin embargo, otorga vitalidad al “ser con alma”. ¿Qué podría significar “alma muerta”? un alma que no posee vida, que no tiene un contenedor, no sólo a nivel corpóreo, sino, en cuanto a la vitalidad, y si no posee vitalidad, entonces podría decirse que deja de ser alma, ya que deja de tener movilidad, porque ya no tiene vida.
Chichikov tuvo una infancia solitaria y arisca, y sus aprendizajes tuvieron que ver siempre con las conveniencias más que con los afectos. Ya mayor, se convierte en un empleado público arribista. Chichikov está en busca de siervos que estén muertos para hacerlos pasar por vivos y obtener así un patrimonio que le permita hacer creer que posee riquezas, y está dispuesto a realizar cualquier argucia para lograrlo. En simples palabras, es el incipiente pequeño burgués. Es a estos siervos muertos a los que se les llama “almas muertas” dentro de la obra. Chichikov emprende un viaje en el cual conoce a todos los propietarios y a todos los sirvientes existentes y por existir.1 Gógol hace un distinción notable entre estos dos grupos: propietarios, cuyo objetivo principal es acaudalar dinero y bienes (burgueses), y dentro de los cuales pueden estar dueños de tierras en el campo, dueños de casas en la ciudad y trabajadores institucionales, que al parecer son de los más “bajos” dentro de esta división. Y por otro lado, están los sirvientes, los mujiks, dentro de los que se encuentran toda clase de obreros: agricultores, carpinteros, zapateros, cocineras, constructores, cuidadores de animales, nodrizas, choferes; cuya posición se encuentra bajo los propietarios y empleados institucionales, pero que sin embargo, en su mayoría tienen una moral más concreta –a diferencia de los propietarios- respecto de su trabajo, puesto que no pueden cuestionar sus deberes.
Gógol nos relata que son los siervos sin vida los llamados “almas muertas”, sin embargo, a medida que transcurre la historia nos damos cuenta que todos estos personajes “propietarios” como Manilov, que no era <<ni esto ni lo otro>>; la viuda Koroboshka que según Chichikov <<ni come ni deja comer>>; Nozdrev, un personaje atípico, por sus excentricidades, un mitómano empedernido, lleno de pasiones exaltadas sin freno ni sentido alguno, pero que a través de su locura y sus mentiras pretendía lograr absolutamente cualquier cosa; Sobakievich, de quien Chichikov piensa <<mal cortado, pero bien cocido>>, un expresión que a mi parecer refiere a un “nuevo rico” de una manera despreciativa; Platonov, quien estaba completamente abrumado por la melancolía que le causaba el “tedio campesino”; y así, una serie de personajes que parecen vivir sus vidas de formas muy penosas, sólo preocupándose en su mayoría de las riquezas que pudiesen acaudalar y de la posición social a la que pudiesen llegar.

Finalmente, Gógol nos presenta una enseñanza moralizante, donde el ser humano termina menoscabando su propia alma a causa de su ambición y de los límites a los que llega lo veleidosos que p(odemos)ueden ser, y terminan siendo estas las almas muertas, incluyendo a Chichikov, quien nunca tuvo amor por nadie ni por sí mismo; todos estos, personajes vacíos, como carentes de vida, almas muertas.

El pesar de las almas vivas

Por Víctor S.

El viaje por la inmensa Rusia. Eternos caminos. Espíritus grises de la modernidad. Un héroe, el canalla. Almas Muertas de Gogol y su protagonista Chichivok, nos muestra una convulsionada sociedad presa de los cambios e influencias foráneas, que no deja tras si los vicios y la corrupción que el propio autor adjudica a los habitantes de Rusia. En medio de aquel escenario, nuestro héroe Chichikov consciente de su destino, el ser millonario, usa las propias armas de aquella Rusia tan irónica como suspicaz que impregnan las páginas de la obra, en su “gran estafa”: La compra de almas muertas, que a pesar de estar muertas, paradójicamente siguen teniendo utilidad, valor de compra-venta.
Chichikov sin escrúpulos y con elocuencia, recorre las ciudades en busca de su provecho, visitando aldeas y sus propietarios, con los cuales, además de observarlos y estudiarlos incisivamente, los utiliza a su favor de su proyecto secreto. Su comercio es el ánima, las propias almas de sus interlocutores, seducidas por el tenor de sus discursos y constantes complacencias en gran parte de los casos, ya que son el medio por el cual alimenta su propia voluntad de existencia, su deseo que le es tan esquivo.
Nos atrapa lo paradójico del proyecto Chichikov y sus almas muertas, pero ésta sólo es el inverso de una constante persecución que corren las propia sociedad en la cual se ve inmerso. La inquietud entre los personajes es por el devenir de la moral rusa, que acaece ante el desenfreno de las contradicciones de la modernidad, su intelectualidad, voluptuosidad material y otras diversas prácticas. Esta máquina se concretiza en la ley y sus instituciones. Es de apreciar la constante referencia a la burocracia o al gobierno administrativo, que esconde el polvo bajo la alfombra, que funciona en gran medida por la corrupción que le habita y que ensombrece los hechos y verdades que allí se presentan, y es quizás aquello -su propia terquedad al cambio- la viva presencia de la contradicciones presentadas por Gogol. Por ello Chichikov, como buen canalla, es lúcido, conoce el estado de la cuestión y con ello, produce su inmunidad moral ante los otros  y adquiere la agilidad de espíritu, representada en su constante vaivén por los caminos, ciudades y hogares: es la historia de su vida.
El campo y el trabajo parecieran ser el único lugar que oficia de salida ante lo anteriormente mencionado. El lenguaje de la resistencia es el del trabajo y el trato directo con la materialidad de las cosas, virtud que sólo guardan algunos personajes, que incluso, causan admiración a nuestro héroe, porque es allí donde reside el verdadero lenguaje  de aquellas tierras, lenguaje que se levanta como universal. Pero a pesar de aquello, Chichikov no guarda escrúpulos para el cumplimiento de sus objetivos. Las almas muertas son sólo una función más de la maraña de su empresa, las únicas almas que allí valen son las que hablan, las que se presentan con tedio, las que su voluntad ha sido doblegada por el vicio, etc., es allí donde lo religioso del texto se presenta: las únicas almas muertas son las vivas, específicamente, las que han perdido la virtud, incluyendo aquí al propio Chichikov.
Sin embargo, no todo estaba dicho para nuestro héroe, al final de la novela en medio del caos producido por su propia corrupción –ya que pudo haber sido inmune a los demás, pero no a sí mismo y sus obras- en la cual padece su vida infame, es el lenguaje de la resistencia el que lo toma y lo salva. Al parecer llegaba su tiempo, la búsqueda de otros caminos y un pesar propio, no ya dirigido a sus almas muertas, sino a sí mismo:

¡Dios mío, cuántos sois, amontonados aquí! ¿Qué hacías en vuestro día, mis queridas almas? ¿Cómo lo pasábais?

miércoles, 31 de julio de 2013

Eugenio Oneguin. El verso como versatilidad y belleza.

Por Víctor S.

Una particularidad atraviesa el texto de principio a fin. Una forma de la cual el lector podría tomar afrenta o asechar dicho misterio. El hecho que la obra de Pushkin este escrita en verso nos retrae a lo arcano, a lo lejano de aquel registro en la historia del hombre y nos pone frente a sus mejores cualidades: la justeza de su belleza y la versatilidad de los acontecimientos en el relato. Si bien la estructura del texto es fácil de discernir o de un esquema que nos deja lo ya conocido (El Héroe, el viaje, la amada…), nos sobresalta de todos modos como los sucesos descritos por el autor -que en ocasiones pareciera que estuviera embriagado y risueño ante lo que recuerda y describe- se presentan con justeza y una carga afectiva que inunda hasta el detalle más inverosímil presentado en los versos, que no solo nos remite a la tristeza, sino al humor y la ironía, como se puede leer en el capítulo seis cuando Oneguin da muerte a su amigo Lensky en una escena que no deja de rayar en lo absurdo a pesar de la magnitud de la tragedia, que signará al héroe a la divagación -el destino del romántico- ; en las constantes críticas versadas a la sociedad de su época en los diferentes capítulos; y en las descripciones de la ruindad y el cinismo de la alta sociedad ante el temple provinciano de Tatiana.
El  capitulo cinco, en el cual se habla del padecimiento emocional de la no-amada Tatiana y del ocio temperamental de Oneguin, me parece que condensa gran parte de las virtudes del estilo del relato. No deja de gustarme la estrofa que abre el capitulo, que se presenta con unos versos prístinos - como el mismo invierno que describe- que quizás un haikú podría igualar y que se escaparía en gran parte del movimiento de muñeca prosaico, que pone andar el universo anímico de Tatiana en condescendencia a la temporada invernal. A su vez, esas estrofas en las cuales se describe el sueño de la no-correspondida, escena onírica femenina casi delirante, donde animales y monstruos la asechan y actúan de manera casi bacanal ¡y en el cual se le aparece Oneguin!, sin dudas se adelanta al material de trabajo surrealista y pone de manifiesto un ya venidero destino, que no parece meritorio para el narrador de describir y extender, ya que prefiere el vilo y el vaivén de los acontecimientos que terminaran descifrando sin querer hacerlo lo soñado: la fiesta en la cual la imprudencia tendenciosa de Oneguin hecha los dados.


A mi parecer, hay una palabra que se articula como el temple del libro en todos sus niveles de análisis: la prudencia. Pushkin es un narrador prudente cuando se debe serlo. Se detiene, deja espacios, capítulos sin presentar jamás, interviene con su gracia, que sin desviarnos, nos lleva la vista a lo que no está allí presente; esta es la belleza del texto: sabe cuando callar, dejar y abandonar; sabe que el verso es amigo de las pausas y digresiones, las cuales nos entregan la cadencia que amerita la profundidad del drama romántico. 
Pero que es de nuestro héroe Eugenio Oneguin? el motor de la imprudencia justa de nuestra historia, del cual no sabremos más –nuevamente el pulso de Pushkin- después de que su retraído sentimiento amoroso, que se pone en pie para danzar sobre la pista de hielo que el ánimo de Tatiana representa cerca del final del relato, para poner fin a su quietud en el fracaso amoroso. Pero bueno, no podemos culpar al Oneguin, cualquier lago congelado pueden resultar fatal en las blancas estepas rusas.

Notas de las fábulas del caso Oneguin

por Gonzalo G.

El cielo estrellado de Kant ya no brilla en la sombría noche del puro conocimiento; no aclara ya el sendero de ningún viajero solitario y, en el nuevo mundo, ser hombre es estar solo
“Teoría de la novela”, Georgy Lúkacs

Durante el siglo XIX, las formas prosaicas de la novela determinan una estructura político-moral específica, los espacios y tiempos ordinarios de una clase social en particular: la <<burguesía>>. De ahí que Hegel en su Estética acuña el término <<prosa del mundo>> para referirse a este nuevo estado de las cosas y el mundo, la de un individuo que es fin y medio de la sociedad. Por eso, la novela como “moderna epopeya burguesa” tiene una función estrictamente develatoria al mostrar un discurso perspicuo que nos permite observar cada detalle sensible del mundo de lo “real”.
Tal virtud, la de la claridad, se manifiesta formalmente en la novela Eugenio Oneguin de Pushkin con su minuciosa observación de los gestos y afectos de su héroe (“alter ego” del autor), Oneguin, como del ejercicio mnemónico del autor (sus impresiones de juventud). La novela puede ser dividida por dos grandes figuras del desencanto burgués, la fábula histórica y la fábula amorosa. La primera es caracterizada por la inútil confesión de nuestro héroe, la de una profunda desesperanza e insatisfacción frente al mundo de los salones, las tiendas, los regimientos y calles de la gran ciudad. En este gran escenario, la burguesía acusa las posibilidades de una acción libre, total y omnilateral; mas en ese despliegue se descompone trágicamente tal ideal producto de la inactividad y la apatía en el que se ve sumergido nuestro Oneguin: “se enfriaron muy temprano los sentimientos en su alma; el ajetreo del gran mundo ya lo tenía fastidiado; mujeres bellas dejaron de ocupar sus pensamientos; los amigos y la amistad le aburrieron; ya no podía a todas horas beber champán (…)”. Abandonada la mezquina realidad burguesa, la conciencia alienada o fracturada de nuestro héroe se hace notar en su <<aldea del aburrimiento>> gracias a la inadecuación total entre los movimientos de su alma y la acción. Roto el compromiso con el mundo, Oneguin hace explotar su extrañeza frente al mundo con egotismo e indiferencia, “en la molicie sumergido, perdió la cuenta de los días; nunca se acordaba del gran mundo, de la ciudad, de los amigos, del tedio que le producían las diversiones de otrora”.
Mundo fuera de sí que subraya su intensificada interioridad o subjetivación en nuestra segunda figura antes mencionada, la del <<amor romántico>>. Aventura última de nuestro héroe signada por el ocaso y el extravío de una risible Musa donde “se lee un triste pensamiento en sus luceros, y lleva un libro romántico bajo el brazo”. La única realidad del mundo, lo que ocurre todos los días se traduce en el trágico destino de nuestro héroe, fracasando una vez más el escenario y las materialidades de la realidad prosaica. Lo real se transmuta finalmente en los deseos de nuestro héroe, individuo que renace y colorea su existencia con sus ideas o sustancias en las que se ensimisma este como sujeto amoroso. Pasiones insatisfechas y penas imaginarias que proyectan una frágil libertad, donde nuestro acabado seductor y anacoreta dedica sus acciones a la inactividad absoluta, a la contemplación desmesurada de una situación sin salida, en la que Oneguin se hunde y anula por completo; interrogación impotente que hallamos en boca de Tatiana: “¿Qué le impulsa a usted, sensible e inteligente, a arrodillarse a mis pies, y a convertirse en esclavo de un impulso miserable?”.

En lo más ínfimo, en la voluntad e inmanencia de Oneguin se liga un caso, la de los gestos o sentimientos desencantados del mundo burgués, peripecia de un fin de mundo y época, “una parodia, en fin de cuentas”.       

EVGUENY PUSHKIN, un desvarío en el abandono

por Fabiolla C.

            Los restos mortales. El frío. Lo que queda después del abandono de uno mismo, del resto, de los otros. Así comienza la obra Evgueny Oneguin de Pushkin, con una muerte, la de un pariente que le deja el dinero y la infelicidad. Un nombre es todo lo que Pushkin-Oneguin tiene y el despojo del mismo, pues este le pertenece sólo en la medida en la que lo defienda con frivolidad y sin osar llevar a cabo actos pertenecientes a un alma ardiente.
            Después de la juventud y lo “divertido” y libertino que puede ser esta misma (representada en los primeros dos capítulos), nos encontramos con la pertenencia al lugar, más bien, la no-pertenencia, o bien, la pertenencia que nos obligan a tener con un lugar, o la que nos gustaría tener. Quizá es sólo querer volver a un adentro para no toparse con el afuera, y verse, o que lo vean –que nos vean-.
            Sin embargo, Oneguin-Pushkin está condenado a encontrarse consigo mismo cuando se encuentra con el hedonismo de la aristocracia vacía, pues prefiere no lloriquear y hacer lo que tenga que hacer: “los otros” hacen de “lo debido” una necesidad (arbitraria) y el despojado vacía al “otro” atestándolo con preguntas imaginarias que no se realizan. En el despojo, la moral se instala ferozmente “sin derecho a pataleo”, puesto que “los otros” harán del despojado el inicio de sus nuevas reglas.
            Llega un momento en que el despojo tiende a ser total, y a la muerte ya no es menester tenerle miedo. Es aquí donde ocurre el duelo con su amigo Lensky, es aquí donde ocurre el duelo consigo mismo. Vuelven unas manos, un cuello, partes de un cuerpo, ya no uno entero, a manifestar un impío dolor, y consigo el destierro, el de Tatiana, quien, experimenta una progresión marchita, una muerte en vida.
            El frío. Finalmente, la abulia de la ciudad es mucho peor que el tedio campesino, pues el nivel de abandono es aún mayor. La conciencia de la pérdida de la memoria, del pasado es la máxima lucidez alcanzada por Pushkin en el último capítulo, que “sale” de la ficción para reconocerse en su abandono; así como también en su hermoso despojo de su novela libre.


Abordo

Somos tres amigos algo inquietos por conocer los parajes literarios de la fría Rusia, observar sus vidas, costumbres, formas: su animo. Por ello, decidimos embarcarnos cada cierto tiempo en las obras de aquellos autores que se guardan en el pasado brillante de su lengua, con el fin de rescatar de aquellas letras el corazón mismo de su temple creativo, tan desconocido o a veces indescifrable por estos lares. 

Este blog tiene como función compartir, y a su vez, dejar registro de nuestro viaje literario. Una escritura sencilla, sin pretensiones mayores que de retener nuestras impresiones del paisaje enigmático que se esconde en el pulso y estilo de cada autor que nos acompaña. También -sin duda alguna- hacernos cargo de la deuda contraída por nuestro desconocimiento, con el fin de emprender luego tantos viajes como sean posible en la literatura.

Saludos!

Fabiolla C.
Gonzalo G.
Víctor S.