miércoles, 31 de julio de 2013

EVGUENY PUSHKIN, un desvarío en el abandono

por Fabiolla C.

            Los restos mortales. El frío. Lo que queda después del abandono de uno mismo, del resto, de los otros. Así comienza la obra Evgueny Oneguin de Pushkin, con una muerte, la de un pariente que le deja el dinero y la infelicidad. Un nombre es todo lo que Pushkin-Oneguin tiene y el despojo del mismo, pues este le pertenece sólo en la medida en la que lo defienda con frivolidad y sin osar llevar a cabo actos pertenecientes a un alma ardiente.
            Después de la juventud y lo “divertido” y libertino que puede ser esta misma (representada en los primeros dos capítulos), nos encontramos con la pertenencia al lugar, más bien, la no-pertenencia, o bien, la pertenencia que nos obligan a tener con un lugar, o la que nos gustaría tener. Quizá es sólo querer volver a un adentro para no toparse con el afuera, y verse, o que lo vean –que nos vean-.
            Sin embargo, Oneguin-Pushkin está condenado a encontrarse consigo mismo cuando se encuentra con el hedonismo de la aristocracia vacía, pues prefiere no lloriquear y hacer lo que tenga que hacer: “los otros” hacen de “lo debido” una necesidad (arbitraria) y el despojado vacía al “otro” atestándolo con preguntas imaginarias que no se realizan. En el despojo, la moral se instala ferozmente “sin derecho a pataleo”, puesto que “los otros” harán del despojado el inicio de sus nuevas reglas.
            Llega un momento en que el despojo tiende a ser total, y a la muerte ya no es menester tenerle miedo. Es aquí donde ocurre el duelo con su amigo Lensky, es aquí donde ocurre el duelo consigo mismo. Vuelven unas manos, un cuello, partes de un cuerpo, ya no uno entero, a manifestar un impío dolor, y consigo el destierro, el de Tatiana, quien, experimenta una progresión marchita, una muerte en vida.
            El frío. Finalmente, la abulia de la ciudad es mucho peor que el tedio campesino, pues el nivel de abandono es aún mayor. La conciencia de la pérdida de la memoria, del pasado es la máxima lucidez alcanzada por Pushkin en el último capítulo, que “sale” de la ficción para reconocerse en su abandono; así como también en su hermoso despojo de su novela libre.


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