Por Víctor S.
El viaje
por la inmensa Rusia. Eternos caminos. Espíritus grises de la modernidad. Un
héroe, el canalla. Almas Muertas de
Gogol y su protagonista Chichivok, nos muestra una convulsionada sociedad presa
de los cambios e influencias foráneas, que no deja tras si los vicios y la
corrupción que el propio autor adjudica a los habitantes de Rusia. En medio de
aquel escenario, nuestro héroe Chichikov consciente de su destino, el ser
millonario, usa las propias armas de aquella Rusia tan irónica como suspicaz
que impregnan las páginas de la obra, en su “gran
estafa”: La compra de almas muertas, que a pesar de estar muertas,
paradójicamente siguen teniendo utilidad, valor de compra-venta.
Chichikov
sin escrúpulos y con elocuencia, recorre las ciudades en busca de su provecho,
visitando aldeas y sus propietarios, con los cuales, además de observarlos y
estudiarlos incisivamente, los utiliza a su favor de su proyecto secreto. Su
comercio es el ánima, las propias almas de sus interlocutores, seducidas por el
tenor de sus discursos y constantes complacencias en gran parte de los casos,
ya que son el medio por el cual alimenta su propia voluntad de existencia, su
deseo que le es tan esquivo.
Nos atrapa
lo paradójico del proyecto Chichikov y sus almas muertas, pero ésta sólo es el
inverso de una constante persecución que corren las propia sociedad en la cual
se ve inmerso. La inquietud entre los personajes es por el devenir de la moral
rusa, que acaece ante el desenfreno de las contradicciones de la modernidad, su
intelectualidad, voluptuosidad material y otras diversas prácticas. Esta máquina
se concretiza en la ley y sus instituciones. Es de apreciar la constante
referencia a la burocracia o al gobierno administrativo, que esconde el polvo
bajo la alfombra, que funciona en gran medida por la corrupción que le habita y
que ensombrece los hechos y verdades que allí se presentan, y es quizás aquello
-su propia terquedad al cambio- la viva presencia de la contradicciones
presentadas por Gogol. Por ello Chichikov, como buen canalla, es lúcido, conoce
el estado de la cuestión y con ello, produce su inmunidad moral ante los
otros y adquiere la agilidad de
espíritu, representada en su constante vaivén por los caminos, ciudades y
hogares: es la historia de su vida.
El campo y
el trabajo parecieran ser el único lugar que oficia de salida ante lo
anteriormente mencionado. El lenguaje de la resistencia es el del trabajo y el
trato directo con la materialidad de las cosas, virtud que sólo guardan algunos
personajes, que incluso, causan admiración a nuestro héroe, porque es allí
donde reside el verdadero lenguaje de
aquellas tierras, lenguaje que se levanta como universal. Pero a pesar de aquello,
Chichikov no guarda escrúpulos para el cumplimiento de sus objetivos. Las almas
muertas son sólo una función más de la maraña de su empresa, las únicas almas
que allí valen son las que hablan, las que se presentan con tedio, las que su
voluntad ha sido doblegada por el vicio, etc., es allí donde lo religioso del
texto se presenta: las únicas almas muertas son las vivas, específicamente, las
que han perdido la virtud, incluyendo aquí al propio Chichikov.
Sin embargo, no todo estaba dicho para nuestro héroe, al final de la novela en
medio del caos producido por su propia corrupción –ya que pudo haber sido
inmune a los demás, pero no a sí mismo y sus obras- en la cual padece su vida
infame, es el lenguaje de la resistencia el que lo toma y lo salva. Al parecer
llegaba su tiempo, la búsqueda de otros caminos y un pesar propio, no ya
dirigido a sus almas muertas, sino a sí mismo:
“¡Dios mío, cuántos sois, amontonados
aquí! ¿Qué hacías en vuestro día, mis queridas almas? ¿Cómo lo pasábais?
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