por
Gonzalo G.
El cielo estrellado de Kant ya no
brilla en la sombría noche del puro conocimiento; no aclara ya el sendero de
ningún viajero solitario y, en el nuevo mundo, ser hombre es estar solo
“Teoría
de la novela”, Georgy Lúkacs
Durante
el siglo XIX, las formas prosaicas de
la novela determinan una estructura político-moral específica, los espacios y
tiempos ordinarios de una clase
social en particular: la <<burguesía>>. De ahí que Hegel en su Estética acuña el término <<prosa
del mundo>> para referirse a este nuevo estado de las cosas y el mundo,
la de un individuo que es fin y medio de la sociedad. Por eso, la novela como
“moderna epopeya burguesa” tiene una
función estrictamente develatoria al mostrar un discurso perspicuo que nos
permite observar cada detalle sensible del mundo de lo “real”.
Tal
virtud, la de la claridad, se manifiesta
formalmente en la novela Eugenio Oneguin
de Pushkin con su minuciosa observación de los gestos y afectos de su héroe
(“alter ego” del autor), Oneguin, como del ejercicio mnemónico del autor (sus
impresiones de juventud). La novela puede ser dividida por dos grandes figuras del
desencanto burgués, la fábula histórica y
la fábula amorosa. La primera es
caracterizada por la inútil confesión de nuestro héroe, la de una profunda
desesperanza e insatisfacción frente al mundo de los salones, las tiendas, los
regimientos y calles de la gran ciudad. En este gran escenario, la burguesía
acusa las posibilidades de una acción libre, total y omnilateral; mas en ese despliegue se descompone trágicamente tal
ideal producto de la inactividad y la apatía en el que se ve sumergido nuestro Oneguin:
“se enfriaron muy temprano los sentimientos en su alma; el ajetreo del gran
mundo ya lo tenía fastidiado; mujeres
bellas dejaron de ocupar sus pensamientos; los amigos y la amistad le aburrieron; ya no podía a todas horas
beber champán (…)”. Abandonada la mezquina realidad burguesa, la conciencia
alienada o fracturada de nuestro héroe se hace notar en su <<aldea del
aburrimiento>> gracias a la inadecuación total entre los movimientos de
su alma y la acción. Roto el compromiso con el mundo, Oneguin hace explotar su extrañeza
frente al mundo con egotismo e indiferencia, “en la molicie sumergido, perdió la cuenta de los días; nunca se acordaba
del gran mundo, de la ciudad, de los amigos, del tedio que le producían las diversiones de otrora”.
Mundo
fuera de sí que subraya su intensificada interioridad o subjetivación en
nuestra segunda figura antes mencionada, la del <<amor romántico>>.
Aventura última de nuestro héroe signada por el ocaso y el extravío de una
risible Musa donde “se lee un triste pensamiento en sus luceros, y lleva un
libro romántico bajo el brazo”. La única realidad del mundo, lo que ocurre todos los días se traduce en el trágico
destino de nuestro héroe, fracasando una vez más el escenario y las
materialidades de la realidad prosaica.
Lo real se transmuta finalmente en los deseos de nuestro héroe, individuo que
renace y colorea su existencia con sus ideas o sustancias en las que se
ensimisma este como sujeto amoroso. Pasiones insatisfechas y penas imaginarias
que proyectan una frágil libertad, donde nuestro acabado seductor y anacoreta
dedica sus acciones a la inactividad absoluta, a la contemplación desmesurada de
una situación sin salida, en la que Oneguin se hunde y anula por completo;
interrogación impotente que hallamos en boca de Tatiana: “¿Qué le impulsa a
usted, sensible e inteligente, a arrodillarse a mis pies, y a convertirse en esclavo de un impulso miserable?”.
En
lo más ínfimo, en la voluntad e inmanencia de Oneguin se liga un caso, la de los gestos o sentimientos desencantados del mundo burgués,
peripecia de un fin de mundo y época, “una parodia, en fin de cuentas”.
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