miércoles, 31 de julio de 2013

Notas de las fábulas del caso Oneguin

por Gonzalo G.

El cielo estrellado de Kant ya no brilla en la sombría noche del puro conocimiento; no aclara ya el sendero de ningún viajero solitario y, en el nuevo mundo, ser hombre es estar solo
“Teoría de la novela”, Georgy Lúkacs

Durante el siglo XIX, las formas prosaicas de la novela determinan una estructura político-moral específica, los espacios y tiempos ordinarios de una clase social en particular: la <<burguesía>>. De ahí que Hegel en su Estética acuña el término <<prosa del mundo>> para referirse a este nuevo estado de las cosas y el mundo, la de un individuo que es fin y medio de la sociedad. Por eso, la novela como “moderna epopeya burguesa” tiene una función estrictamente develatoria al mostrar un discurso perspicuo que nos permite observar cada detalle sensible del mundo de lo “real”.
Tal virtud, la de la claridad, se manifiesta formalmente en la novela Eugenio Oneguin de Pushkin con su minuciosa observación de los gestos y afectos de su héroe (“alter ego” del autor), Oneguin, como del ejercicio mnemónico del autor (sus impresiones de juventud). La novela puede ser dividida por dos grandes figuras del desencanto burgués, la fábula histórica y la fábula amorosa. La primera es caracterizada por la inútil confesión de nuestro héroe, la de una profunda desesperanza e insatisfacción frente al mundo de los salones, las tiendas, los regimientos y calles de la gran ciudad. En este gran escenario, la burguesía acusa las posibilidades de una acción libre, total y omnilateral; mas en ese despliegue se descompone trágicamente tal ideal producto de la inactividad y la apatía en el que se ve sumergido nuestro Oneguin: “se enfriaron muy temprano los sentimientos en su alma; el ajetreo del gran mundo ya lo tenía fastidiado; mujeres bellas dejaron de ocupar sus pensamientos; los amigos y la amistad le aburrieron; ya no podía a todas horas beber champán (…)”. Abandonada la mezquina realidad burguesa, la conciencia alienada o fracturada de nuestro héroe se hace notar en su <<aldea del aburrimiento>> gracias a la inadecuación total entre los movimientos de su alma y la acción. Roto el compromiso con el mundo, Oneguin hace explotar su extrañeza frente al mundo con egotismo e indiferencia, “en la molicie sumergido, perdió la cuenta de los días; nunca se acordaba del gran mundo, de la ciudad, de los amigos, del tedio que le producían las diversiones de otrora”.
Mundo fuera de sí que subraya su intensificada interioridad o subjetivación en nuestra segunda figura antes mencionada, la del <<amor romántico>>. Aventura última de nuestro héroe signada por el ocaso y el extravío de una risible Musa donde “se lee un triste pensamiento en sus luceros, y lleva un libro romántico bajo el brazo”. La única realidad del mundo, lo que ocurre todos los días se traduce en el trágico destino de nuestro héroe, fracasando una vez más el escenario y las materialidades de la realidad prosaica. Lo real se transmuta finalmente en los deseos de nuestro héroe, individuo que renace y colorea su existencia con sus ideas o sustancias en las que se ensimisma este como sujeto amoroso. Pasiones insatisfechas y penas imaginarias que proyectan una frágil libertad, donde nuestro acabado seductor y anacoreta dedica sus acciones a la inactividad absoluta, a la contemplación desmesurada de una situación sin salida, en la que Oneguin se hunde y anula por completo; interrogación impotente que hallamos en boca de Tatiana: “¿Qué le impulsa a usted, sensible e inteligente, a arrodillarse a mis pies, y a convertirse en esclavo de un impulso miserable?”.

En lo más ínfimo, en la voluntad e inmanencia de Oneguin se liga un caso, la de los gestos o sentimientos desencantados del mundo burgués, peripecia de un fin de mundo y época, “una parodia, en fin de cuentas”.       

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