lunes, 7 de octubre de 2013

Poseer la voluntad, Cerrar el destino.

Por Víctor S.

Valaam, el lugar de los espíritus confinados a rezar por el mundo, y a la vez, cargar con las historias de ese mundo el cual Leskov abre al lector por medio de la boca de uno de los confinados. La apertura desde lo minúsculo de una isla al corazón mismo de un hombre ruso, el inquietante Pavlin, hombre de la servidumbre a “caballero del espíritu”. Sin embargo, referirse solo a esas categorías es esconder el proceso por el cual nuestro protagonista pasa, y es este el objetivo principal del relator de la historia, que se inmiscuye en cada detalle de la vida de Pavlin, como casi un omnisciente relator; un creador.
Hombre intachable e inconmovible en el deber, que llega a provocar disgusto como admiración en su papel de sirviente en la residencia de Anna Lvovna, Pavlin que solo se remite a la justo, haciendo caso omiso a los efectos sobre los otros de sus actos que parecen obedecer a lo Superior, a la voluntad invisible del Deber que no media entre el frio invierno ruso y el arrancar las ventanas a aquellos que no cumplieran con la renta “Pavlin permanecía de piedra; seguía su curso como un planeta intruso trazando su propia revolución en medio de astros censados, y él no dejaba ni ira ni piedad”, que al final del día lo llevarían a encontrarse con su propio destino: una huérfana Liuba, que por medio de intrigas y ambiciones terminará por ser su esposa.
Pavlin es el servidor eterno, lo lleva en inscrito, irrestricto pero a la vez complaciente, con Liuba, a la cual dedica su tiempo y esfuerzos con esmero tanto cuando era su “hija” como cuando paso a hacer su “mujer”. En ese tránsito, jamás deja de servir a lo justo ciegamente, ya encarnada en la imagen de devoción que Liuba –“sentimental, ambiciosa y fútil”-, que no guarda atención en aquello y se detiene en los encantos de la buena vida que veía constantemente al servir en casa de Anna Lvovna, que la llevarán a conocer el trágico destino que ya se veía en el rostro de sus difuntos, como lo vio tía Olga desde un comienzo.
La “recompensa” de la devoción de nuestro protagonista, su mayor felicidad, será casarse con la joven Liuba, que el relator sabe de antemano que sólo lo llevará a la desdicha, cosa que terminará por confirmarse por medio del adulterio de ella con Dodia, noticia que Pavlin asumirá con dolor pero sin dejar de mantener su conducta ya conocida, viendo en ello más que un deshonor un castigo divino “¿La acusaré yo, a ésa frágil vasija de barro, cuando yo la codicié, a ella y su juventud, con el mismo pecado?... El Señor tiene razón al castigarme”.

Al final de cuentas, el raro escenario de un inicio termina siendo el fin. El círculo de la redención se cierra, la historia encuentra a sí misma inscrita en un espacio del que pareciera que nunca salió. Las desdichas de Liuba, viuda dos veces, una falsa y otra verdadera, la arrojaran a las manos nuevamente de un Pavlin fantasmal y devoto, que no quitó jamás la mirada de su amada, de su deber asumido desde que la tomó huérfana, para luego llevarla a ser reverenda de un monasterio. Mientras él, alejado, siguió el mismo camino ya que siempre, a pesar de su temple servil, fue “dueño de su voluntad”, como nos dice casi al final el relator, que cierra su historia dejando abierto el destino de Pavlin, un misterio que no sale de la Valaam y de aquellos, que intrigados, escucharon la historia de un narrador que del que no sabremos jamás porque terminó allí.

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