Por Víctor S.
Valaam, el
lugar de los espíritus confinados a rezar por el mundo, y a la vez, cargar con
las historias de ese mundo el cual Leskov abre al lector por medio de la boca
de uno de los confinados. La apertura desde lo minúsculo de una isla al corazón
mismo de un hombre ruso, el
inquietante Pavlin, hombre de la servidumbre a “caballero del espíritu”. Sin embargo, referirse solo a esas categorías
es esconder el proceso por el cual
nuestro protagonista pasa, y es este el objetivo principal del relator de la
historia, que se inmiscuye en cada detalle de la vida de Pavlin, como casi un
omnisciente relator; un creador.
Hombre
intachable e inconmovible en el deber, que llega a provocar disgusto como
admiración en su papel de sirviente en la residencia de Anna Lvovna, Pavlin que
solo se remite a la justo, haciendo caso omiso a los efectos sobre los otros de
sus actos que parecen obedecer a lo Superior, a la voluntad invisible del Deber
que no media entre el frio invierno ruso y el arrancar las ventanas a aquellos
que no cumplieran con la renta “Pavlin
permanecía de piedra; seguía su curso como un planeta intruso trazando su
propia revolución en medio de astros censados, y él no dejaba ni ira ni piedad”,
que al final del día lo llevarían a encontrarse con su propio destino: una
huérfana Liuba, que por medio de intrigas y ambiciones terminará por ser su
esposa.
Pavlin es el
servidor eterno, lo lleva en inscrito, irrestricto pero a la vez complaciente,
con Liuba, a la cual dedica su tiempo y esfuerzos con esmero tanto cuando era
su “hija” como cuando paso a hacer su “mujer”. En ese tránsito, jamás deja de
servir a lo justo ciegamente, ya encarnada en la imagen de devoción que Liuba –“sentimental, ambiciosa y fútil”-, que
no guarda atención en aquello y se detiene en los encantos de la buena vida que
veía constantemente al servir en casa de Anna Lvovna, que la llevarán a conocer
el trágico destino que ya se veía en el rostro de sus difuntos, como lo vio tía
Olga desde un comienzo.
La
“recompensa” de la devoción de nuestro protagonista, su mayor felicidad, será
casarse con la joven Liuba, que el relator sabe de antemano que sólo lo llevará
a la desdicha, cosa que terminará por confirmarse por medio del adulterio de
ella con Dodia, noticia que Pavlin asumirá con dolor pero sin dejar de mantener
su conducta ya conocida, viendo en ello más que un deshonor un castigo divino “¿La acusaré yo, a ésa frágil vasija de barro, cuando yo la
codicié, a ella y su juventud, con el mismo pecado?... El Señor tiene razón al
castigarme”.
Al final de cuentas, el raro escenario de un inicio termina
siendo el fin. El círculo de la redención se cierra, la historia encuentra a sí
misma inscrita en un espacio del que pareciera que nunca salió. Las desdichas
de Liuba, viuda dos veces, una falsa y otra verdadera, la arrojaran a las manos
nuevamente de un Pavlin fantasmal y devoto, que no quitó jamás la mirada de su
amada, de su deber asumido desde que la tomó huérfana, para luego llevarla a
ser reverenda de un monasterio. Mientras él, alejado, siguió el mismo camino ya
que siempre, a pesar de su temple servil, fue “dueño de su voluntad”, como nos
dice casi al final el relator, que cierra su historia dejando abierto el
destino de Pavlin, un misterio que no sale de la Valaam y de aquellos, que
intrigados, escucharon la historia de un narrador que del que no sabremos jamás
porque terminó allí.
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