miércoles, 31 de julio de 2013

Eugenio Oneguin. El verso como versatilidad y belleza.

Por Víctor S.

Una particularidad atraviesa el texto de principio a fin. Una forma de la cual el lector podría tomar afrenta o asechar dicho misterio. El hecho que la obra de Pushkin este escrita en verso nos retrae a lo arcano, a lo lejano de aquel registro en la historia del hombre y nos pone frente a sus mejores cualidades: la justeza de su belleza y la versatilidad de los acontecimientos en el relato. Si bien la estructura del texto es fácil de discernir o de un esquema que nos deja lo ya conocido (El Héroe, el viaje, la amada…), nos sobresalta de todos modos como los sucesos descritos por el autor -que en ocasiones pareciera que estuviera embriagado y risueño ante lo que recuerda y describe- se presentan con justeza y una carga afectiva que inunda hasta el detalle más inverosímil presentado en los versos, que no solo nos remite a la tristeza, sino al humor y la ironía, como se puede leer en el capítulo seis cuando Oneguin da muerte a su amigo Lensky en una escena que no deja de rayar en lo absurdo a pesar de la magnitud de la tragedia, que signará al héroe a la divagación -el destino del romántico- ; en las constantes críticas versadas a la sociedad de su época en los diferentes capítulos; y en las descripciones de la ruindad y el cinismo de la alta sociedad ante el temple provinciano de Tatiana.
El  capitulo cinco, en el cual se habla del padecimiento emocional de la no-amada Tatiana y del ocio temperamental de Oneguin, me parece que condensa gran parte de las virtudes del estilo del relato. No deja de gustarme la estrofa que abre el capitulo, que se presenta con unos versos prístinos - como el mismo invierno que describe- que quizás un haikú podría igualar y que se escaparía en gran parte del movimiento de muñeca prosaico, que pone andar el universo anímico de Tatiana en condescendencia a la temporada invernal. A su vez, esas estrofas en las cuales se describe el sueño de la no-correspondida, escena onírica femenina casi delirante, donde animales y monstruos la asechan y actúan de manera casi bacanal ¡y en el cual se le aparece Oneguin!, sin dudas se adelanta al material de trabajo surrealista y pone de manifiesto un ya venidero destino, que no parece meritorio para el narrador de describir y extender, ya que prefiere el vilo y el vaivén de los acontecimientos que terminaran descifrando sin querer hacerlo lo soñado: la fiesta en la cual la imprudencia tendenciosa de Oneguin hecha los dados.


A mi parecer, hay una palabra que se articula como el temple del libro en todos sus niveles de análisis: la prudencia. Pushkin es un narrador prudente cuando se debe serlo. Se detiene, deja espacios, capítulos sin presentar jamás, interviene con su gracia, que sin desviarnos, nos lleva la vista a lo que no está allí presente; esta es la belleza del texto: sabe cuando callar, dejar y abandonar; sabe que el verso es amigo de las pausas y digresiones, las cuales nos entregan la cadencia que amerita la profundidad del drama romántico. 
Pero que es de nuestro héroe Eugenio Oneguin? el motor de la imprudencia justa de nuestra historia, del cual no sabremos más –nuevamente el pulso de Pushkin- después de que su retraído sentimiento amoroso, que se pone en pie para danzar sobre la pista de hielo que el ánimo de Tatiana representa cerca del final del relato, para poner fin a su quietud en el fracaso amoroso. Pero bueno, no podemos culpar al Oneguin, cualquier lago congelado pueden resultar fatal en las blancas estepas rusas.

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