El narrador es la figura en la que el
justo se encuentra consigo mismo
“El
narrador”, Walter Benjamin
La
nouvelle El pavo real de Nikolái
Leskov, <<en cierta manera>>, fiel a las formas de la prosa burguesa, se constituye como un
arruinado breviario de las iniquidades y mezquindades de la Rusia finisecular.
En ella, determinadas figuras y hechos aparecen, incertidumbres y sombras
signadas por la experiencia extrema de su tiempo. Un pequeño incidente, el
no-pago del alquiler del piso obliga al mayordomo (como la costumbre dicta),
nuestro héroe, Pavlin, a retirar las ventanas de los apartamentos de los
inquilinos más pobres, ora su cortejo matutino se transforma en monstruosa señal de intemperie.
No nos
reíamos, en modo alguno, de la desdicha de aquellas gentes transidas de frío,
sino del procedimiento que traspolaba al corazón de una gran ciudad una escena
de albergue perdido en las estepas. Aquel Pavlin, abigarrado e importante, con
su fisionomía y pose goetheanas, aquellos obreros y sus instrumentos, que
hacían pensar en la Crucifixión de Jesús del pintor Steuben, el levantamiento y
reposición de las ventanas, la indiferencia
general ante aquel arbitrario poder,
todo aquello tenía, en efecto, algo de tragicómico.
Las palabras del narrador empiezan ya
a presentir otro asunto, y ciertas reacciones intempestivas parecen señalarnos
que algo ha afectado profundamente las estructuras de lo social, mas casi nadie se detiene a examinar o ensayar lo que, en
verdad, anuncian las miserias del
presente. El modelo tragicómico de la Historia, la de una catástrofe
degradada, vale decir, su caricaturesca reaparición, despunta críticamente en
la estricta observancia por parte de la joven Liuba de las quiméricas leyes de
la burguesía (representada por la cruel y calculadora generala Anna Lvovna):
“Ayúdeme –balbucía-, la obedeceré en
todo”. Aquellas leyes pertenecen al enorme reino de lo indiferenciado, la
pequeñez de una nueva clase (la pequeña burguesía) que no sobrepasa sus propios
límites o actividades: “(Liuba) se lamentaba amargamente por tener que ir a
aquel lugar donde las gentes incultas y groseras, no podían apreciar la
excelencia de sus orígenes, pero eran capaces en cambio de vengarse de ella por
esa cualidad”. El interés es
consumado en el frívolo y ruin mundo de los salones, donde la quimera de lo social deviene absoluta nimiedad, de
ahí que el ampuloso vestido de Liuba sea “completamente distinto: alas fundidas
y deshechas, vestido desgarrado, tea quemada…”.
Sin embargo, la extinción de las
formas (históricas) en el contexto de lo insignificante, su naturaleza inmóvil
e inerte sufre caras modificaciones por la viva incidencia de la experiencia,
lo que entendemos como la irrestricta aplicación o práctica de la norma (la
moral) en la figura de Pavlin es, en realidad, las pruebas y consejos de una sabiduría
elemental presentes en sus sentidas epístolas.
(…)
habiéndolo soportado todo, habiendo pasado por todos los sufrimientos y
tentaciones, su autor habla como si pudiese ayudar ahora a aquellos que son
tentados. Lo más frecuente es que no le hable de cosas cotidianas, sino que le
dé consejos; la anima a ser paciente (a Liuba), razonable, buena, absolutamente
fiel y devota al marido que ha elegido (Dodia).
Cierto índice salvífico se encuentra
en la posibilidad de contar, comunicar las verdades más sencillas. Vidas
extraordinarias, lecciones de humillados
y ofendidos como la historia de nuestro héroe, Pavlin, siervo que libera a
sus prójimos y a su propia alma. El justo, fondo de la narración, permite la
proverbial sobrevivencia de la vida, el cumplimiento de cierta dignidad, de
cierta épica a contrapelo del consumo moderno-burgués.
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