Víctor S.
La palabra conquista al pensamiento, pero la
escritura lo domina
“La
técnica del escritor en trece tesis”, Walter
Benjamin.
Es difícil
anticipar los efectos de los encuentros con otros, del cruce de miradas y de
palabras cuando se llega a un espacio desconocido, aun cuando se esté habituado
a dichas situaciones. Complicado también ser “extranjero” cuando sólo se es un
invitado. Aún más difícil, aceptar que a pesar de que nos habiten bellas
intenciones, los hechos siempre nos anteceden, y que más temprano que tarde, tendremos que actuar
acorde a éstos.
Estos son
algunos de los aparatajes que caen encima de los hombros de nuestro
protagonista, Dimitri Rudin, un treintañero lleno de ideas y de gran amor por
el conocimiento –y por el mismo- que no duda en hacer de estas su vida, como
también, de compartirlas al resto, demostrando su elocuencia y su no poco
arriesgado conocimiento de los fenómenos interiores del hombre. En medio de la peculiaridad de cada uno de los
personajes, se hace escuchar como también odiar, cosa que al fin de cuentas lo
tiene con poco cuidado, ya que la vara con la cual se mide ante los demás es la
de sus ideas, que en ocasiones sonaban incompresibles para el resto. Resto que,
silenciosamente, construía la biografía social del protagonista, sopesando sus
palabras al calor de su misterio.
Es
locuacidad de nuestro protagonista la que intriga. La palabra dicha, como el elemento de juicio central de la novela, nos
lleva a sopesar su dualidad: la que habla de
Rudin, la que lo muestra por sus cualidades y destrezas, y la que habla por Rudin, aquella que esta fuera de su
control y lo compromete, sin saberlo, ante el juicio de los demás. Es en esta
dualidad donde interviene Natalia, que de alguna manera revela con antelación
su condición:
“Con una sola palabra me ha recordado mi deber,
me ha mostrado mi camino… Sí, debo
actuar. No debo ocultar mi talento, si es que lo tengo. No debo despilfarrar
mis energías en una locuacidad vacía e inútil, en palabrería”
(Pág. 63)
Esta
condición o inquietud, se pone a prueba cuando Natalia, ya confesado el amor
entre ambos, se encuentra con él en la fuente, situación en la cual se muestra
el despojo de sí mismo cuando, sopesando la exigencia moral que Natalia le
presentaba como fruto de sus propias palabras como posibles hechos
indiscutibles, dice: “Sólo siento mi
desgracia…”, aceptando además la inequívoca sentencia de su condición ante
ese amor que no llega a escribirse: “someternos”.
Así se nos
abre el espectro de Rudin que lo habitará hasta el final de sus días, el acto,
el hecho sin firma propia, aquello que nunca termina de escribirse, que queda
inconcluso o nunca se inicia, como
aquellas ideas que lo acompañan, las respectivas palabras que las visten y sus
posibles efectos, los únicos hechos que le acontecen. Quizás, como testimonio
de aquel gran artículo del que habló a Natalia, del cual no tenía clara su idea
principal y que aún no terminaba de escribir, ya que “Todavía no he llegado a comprender bien el sentido trágico del amor”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario