lunes, 18 de mayo de 2015

La palabra dicha

Víctor S.
La palabra conquista al pensamiento, pero la escritura lo domina
 “La técnica del escritor en trece tesis”, Walter Benjamin.

Es difícil anticipar los efectos de los encuentros con otros, del cruce de miradas y de palabras cuando se llega a un espacio desconocido, aun cuando se esté habituado a dichas situaciones. Complicado también ser “extranjero” cuando sólo se es un invitado. Aún más difícil, aceptar que a pesar de que nos habiten bellas intenciones, los hechos siempre nos anteceden, y que  más temprano que tarde, tendremos que actuar acorde a éstos.
Estos son algunos de los aparatajes que caen encima de los hombros de nuestro protagonista, Dimitri Rudin, un treintañero lleno de ideas y de gran amor por el conocimiento –y por el mismo- que no duda en hacer de estas su vida, como también, de compartirlas al resto, demostrando su elocuencia y su no poco arriesgado conocimiento de los fenómenos interiores del hombre.  En medio de la peculiaridad de cada uno de los personajes, se hace escuchar como también odiar, cosa que al fin de cuentas lo tiene con poco cuidado, ya que la vara con la cual se mide ante los demás es la de sus ideas, que en ocasiones sonaban incompresibles para el resto. Resto que, silenciosamente, construía la biografía social del protagonista, sopesando sus palabras al calor de su misterio.
Es locuacidad de nuestro protagonista la que intriga. La palabra dicha, como el elemento de juicio central de la novela, nos lleva a sopesar su dualidad: la que habla de Rudin, la que lo muestra por sus cualidades y destrezas, y la que habla por Rudin, aquella que esta fuera de su control y lo compromete, sin saberlo, ante el juicio de los demás. Es en esta dualidad donde interviene Natalia, que de alguna manera revela con antelación su condición:
“Con una sola palabra me ha recordado mi deber, me ha  mostrado mi camino… Sí, debo actuar. No debo ocultar mi talento, si es que lo tengo. No debo despilfarrar mis energías en una locuacidad vacía e inútil, en palabrería” (Pág. 63)
Esta condición o inquietud, se pone a prueba cuando Natalia, ya confesado el amor entre ambos, se encuentra con él en la fuente, situación en la cual se muestra el despojo de sí mismo cuando, sopesando la exigencia moral que Natalia le presentaba como fruto de sus propias palabras como posibles hechos indiscutibles, dice: “Sólo siento mi desgracia…”, aceptando además la inequívoca sentencia de su condición ante ese amor que no llega a escribirse: “someternos”.

Así se nos abre el espectro de Rudin que lo habitará hasta el final de sus días, el acto, el hecho sin firma propia, aquello que nunca termina de escribirse, que queda inconcluso o nunca se inicia,  como aquellas ideas que lo acompañan, las respectivas palabras que las visten y sus posibles efectos, los únicos hechos que le acontecen. Quizás, como testimonio de aquel gran artículo del que habló a Natalia, del cual no tenía clara su idea principal y que aún no terminaba de escribir, ya que “Todavía no he llegado a comprender bien el sentido trágico del amor”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario