lunes, 18 de mayo de 2015

Los hijos bastardos de la aristocracia y su destino, Rusia

Por Gonzalo G.

El viejo agoniza hablando en ruso y Turguéniev nos sugiere que no sólo ha encontrado el valor sino también el puente en llamas que une las palabras y los gestos
“Una novela de Turguéniev”, Roberto Bolaño

La política del <<hombre superfluo>> inaugurada por la prosa rusa del siglo XIX, encuentra su prototipo moral y social en la novela Rudin (1856-1860) de Iván Turguéniev. Como señala el narrador y ensayista mexicano Sergio Pitol, antihéroes como Eugenio Oneguin y Dimitri Rudin (que tiene su miniatura en el protegido de Daría Mijailovna, el joven Pandalevski) son personajes derrotados ineludiblemente por la vida, se acercan al amor pero no se atreven a vivirlo, el mundo se les revela como extraño y degradado, saben que modificarlo es su obligación moral, pero carecen de fuerza hasta para intentarlo (“La casa de la tribu”, 1981). No podemos entender esta iluminadora enumeración, sino como el gesto crepuscular de una clase social, el catálogo de las pasiones inútiles de la burguesía, de aquellos <<hidalgos>> de la decadente nobleza finisecular. De allí lo que define las fuerzas superiores del <<hombre superfluo>> sea una lengua auténticamente artificial, ajustada a una “locuacidad vacía e inútil palabrería”, según el oscuro Pigasov. Todo le resulta vacuo y repugnante a nuestro trágico personaje, infructuosa es su lucha contra las ideas

Ser útil… ¡Qué fácil decirlo! –Se llevó la mano a la cara-. ¡Ser útil! –repitió-. Sin embargo, aunque albergara esa firme convicción: ¿cómo podría ser útil? e incluso si creyera en mis propias fuerzas, ¿dónde hallaría almas sinceras que sintiesen como yo?...

El conformismo y reaccionario idealismo de Rudin, su “instinto libertario” se transfigura en el yermo estanque de Avdiujin donde se desarrolla la última entrevista entre nuestro antihéroe y la joven Natalia, quien devela en el contexto de su inconcluso amor la caducidad del modelo romántico que se resume con la siguiente máxima: <<conocemos todos y no hacemos nada>>. Las fábulas políticas de la burguesía, la libertad y el sacrificio, se consuman en un profundo y desencantado estado de indiferencia, que encuentra su mortecina plenitud en la consolación de la Idea y su teatro de barricadas donde el progreso es el verdadero desvalido.

Mas el epílogo de la novela, cierto consuelo y heredad del entusiasmo romántico (ecos, más bien murmullos de la formación espiritual de las <<gentes nuevas>>), subraya un caro aspecto para la literatura rusa moderna, la pregunta por la acción y el combate; ¿Qué hacer?, títulos de la novela de Chernishevski (1863) y el tratado político de Lenin (1902). En cierta manera, los fracasos de la sublevación decembrista (1825) y la Revolución de 1905 encuadran críticamente el destino histórico-espiritual de Rusia, su póstumo cumplimiento en los <<hombres nuevos>> que no pueden existir “fuera de la patria (donde) no hay arte ni verdad ni vida”.   

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