Por Gonzalo G.
El
viejo agoniza hablando en ruso y Turguéniev nos sugiere que no sólo ha
encontrado el valor sino también el puente en llamas que une las palabras y los
gestos
“Una novela de Turguéniev”, Roberto Bolaño
La política del <<hombre superfluo>>
inaugurada por la prosa rusa del siglo XIX, encuentra su prototipo moral y
social en la novela Rudin (1856-1860)
de Iván Turguéniev. Como señala el narrador y ensayista mexicano Sergio Pitol,
antihéroes como Eugenio Oneguin y Dimitri Rudin (que tiene su miniatura en el
protegido de Daría Mijailovna, el joven Pandalevski) son personajes derrotados ineludiblemente por la vida, se acercan al
amor pero no se atreven a vivirlo, el mundo se les revela como extraño y
degradado, saben que modificarlo es su obligación moral, pero carecen de fuerza
hasta para intentarlo (“La casa de la tribu”, 1981). No podemos entender
esta iluminadora enumeración, sino como el gesto crepuscular de una clase social, el catálogo de las pasiones
inútiles de la burguesía, de aquellos <<hidalgos>> de la decadente nobleza
finisecular. De allí lo que define las fuerzas superiores del <<hombre
superfluo>> sea una lengua auténticamente artificial, ajustada a una
“locuacidad vacía e inútil palabrería”, según el oscuro Pigasov. Todo le
resulta vacuo y repugnante a nuestro trágico personaje, infructuosa es su lucha
contra las ideas
Ser útil… ¡Qué fácil decirlo! –Se llevó la mano a
la cara-. ¡Ser útil! –repitió-. Sin embargo, aunque albergara esa firme
convicción: ¿cómo podría ser útil? e incluso si creyera en mis propias fuerzas,
¿dónde hallaría almas sinceras que sintiesen como yo?...
El
conformismo y reaccionario idealismo de Rudin, su “instinto libertario” se
transfigura en el yermo estanque de Avdiujin donde se desarrolla la última
entrevista entre nuestro antihéroe y la joven Natalia, quien devela en el
contexto de su inconcluso amor la caducidad del modelo romántico que se resume
con la siguiente máxima: <<conocemos todos y no hacemos nada>>. Las
fábulas políticas de la burguesía, la libertad y el sacrificio, se consuman en
un profundo y desencantado estado de indiferencia, que encuentra su mortecina
plenitud en la consolación de la Idea y su teatro de barricadas donde el progreso es el verdadero desvalido.
Mas el
epílogo de la novela, cierto consuelo y heredad del entusiasmo romántico (ecos,
más bien murmullos de la formación espiritual de las <<gentes
nuevas>>), subraya un caro aspecto para la literatura rusa moderna, la
pregunta por la acción y el combate; ¿Qué
hacer?, títulos de la novela de Chernishevski (1863) y el tratado político
de Lenin (1902). En cierta manera, los fracasos de la sublevación decembrista
(1825) y la Revolución de 1905 encuadran críticamente el destino
histórico-espiritual de Rusia, su póstumo cumplimiento en los <<hombres
nuevos>> que no pueden existir “fuera de la patria (donde) no hay arte ni
verdad ni vida”.
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